Nunc dimitis

Se ha levantado
el día anunciando colores,
aún es de noche.
Yo voy hacia el sur,
y un único retazo de
arco iris permanece
singularmente vertical si
de tanto en tanto alzo mis ojos.
No contemplé antes nada semejante,
es extraño que otros no reparen en ello…
Madre, piensas en mí.
La tarea toca a su fin.

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Diez toros: 8. El toro y mi mismidad, trascienden

Látigo, soga, mismidad, y toro,
todo llega a “no-ser”.
Este cielo tiene tal amplitud
que ningún término puede abarcarlo.
¿Como puede existir un copo de nieve
en un fuego ardiente?
Aquí hay huellas de patriarcas.

Comentario:

La mediocridad ha desaparecido. Mente libre de limitación. No busco ningún estado de iluminación. Tampoco hago nada, permanezco donde no existe ninguna iluminación. Desde que deambulo sin condición alguna, las miradas no me pueden ver. Aunque mil pájaros alfombraran con flores mi camino, la alabanza no tendría sentido alguno.

en nuestra naturaleza esencial

Diez toros: 7. Trascendiendo al toro

A horcajadas sobre el toro, llego a mi hogar.
Estoy sereno.
El toro también puede reposar.
Empieza a amanecer.
En el plácido descanso, bajo el techo de mi morada,
abandono el látigo y la soga.

Comentario:

Todo sigue una ley, no dos. Únicamente nosotros hacemos del toro una realidad temporal. Es como la relación entre el conejo y la trampa, los peces y la red. Es como el oro y la merma, o la luna que aparece tras la nube. Una sucesión de viajes fugaces y arduos a través de un tiempo interminable.

Cada día

Cada día me siento, humilde ante mi maestra…
” Hijo mío, no hay ignorancia ni fin de la ignorancia,
ni vejez ni muerte, ni fin de la vejez y de la muerte.
Confía en tu anciana madre
y descansa en la sabiduría que todo los trasciende,
sin ofuscamiento en la mente, no tengas miedo
y alcanza lo que hay más allá del error,
lo que apacigua completamente todos los sufriemientos.”

Diez toros: 6. Montándolo hasta casa

Monto el toro, lentamente regreso a casa.
El son de mi flauta endulza la tarde.
Marco con palmas la armonía que me acompaña,
y dirijo el ritmo eterno.
Quien oiga esta melodía se unirá a mí.

Comentario:

La lucha ha terminado, se han equilibrado pérdida y ganancia. Canto la canción del leñador de la aldea, y entono melodías infantiles. A horcajadas sobre el toro, contemplo las nubes en el cielo. Recorro mi camino, sin importarme quien desde atrás me llame.

Inconquistable aún hoy, florece en febrero

Más allá de la noche que me cubre
negra como el abismo insondable,
doy gracias al dios que fuere
por mi
invicta alma.
En las azarosas garras de las circunstancias
nunca me he lamentado ni he pestañeado.
Sometido a los golpes del destino
mi cabeza está ensangrentada,
pero erguida.
Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
donde yace el horror de la sombra,
la amenaza de los años me encuentra,
y me encontrará,
sin miedo.
No importa cuán estrecho sea el portal,
cuán cargada de castigos la sentencia,
soy el amo de mi destino:
soy el capitán de mi alma.

William Ernest Henley
1875 Invictus